Sales del trabajo después de un largo día. Nada más coger el coche ves que será un mal día. Con las lagañas todavía de cuerpo presente eres víctima de un estruendo ensordecedor. Decenas de bocinas claman al unísono, seguidas de gritos e improperios de todo tipo. Efectivamente, hoy también hay atasco.

Llegas tarde, y tu jefe te está esperando. No le gustó tu último informe, y que llegues tarde no ayuda a aplacar su enfado. Aún no te has tomado ni el café pero ya te sientes como si llevaras todo el día trabajando.

Así que decides ir a por el café, lo colocas cuidadosamente entre las montañas de papeles pendientes que sabes que no tendrás tiempo a revisar. Por fin te pudiste concentrar y acabaste el informe que tu jefe te instó a reformar. Das el primer trago a tu café pero ya está frío. 

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Los minutos pasan lentamente hasta que tu estómago te recuerda que es la hora de comer. Te compras un sandwich en el bar. Ayer tampoco tuviste tiempo de cocinar. Entre mordisco y mordisco sonríes de manera forzada a los chistes del hijo de tu jefe.

El reloj parece que vaya hacia atrás. Aún así llega la hora de irse a casa. Cuando estás recogiendo ves a tu compañero venir hacia ti con una sonrisa malintencionada. Hace poco eras su superior, pero no sabes muy bien como la situación se ha invertido. Sitúa ante tus narices unos documentos de un proyecto "muy importante". "No puede esperar a mañana" dice él.

Con la luna como compañera, sales por fin al exterior. Un diluvio te aguarda, pero esta vez estás preparado. En tu coche sabes que no te mojarás. Entre coches en doble fila y peatones fantasma que salen corriendo de la nada llegas a tu calle. Hoy, precisamente hoy, no hay sitio para aparcar. Curiosamente tampoco lo hay en las calles contiguas. 

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Consigues aparcar milagrosamente a varias calles de tu casa. Obviamente no llevas paraguas. Así que vas corriendo, intentando que las repisas te aguarden de la lluvia. De poco sirve, llegas chorreando a casa.

Abres la puerta.

Pero entonces llega él...

Y ves que todo tiene sentido.

Esta historia, con la que muchos nos podemos sentir identificados, sirve para mostrar cómo el amor incondicional que nos muestran nuestros perros puede hacernos olvidar hasta el peor de nuestros días.